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jueves, 9 de diciembre de 2010

Bye bye Malta


Malta, 27/11/2010
Me encuentro en uno de los bares más auténticos que he visto en Malta y tengo un nudo en la garganta.
A unos días de dejar esta isla son muchos los sentimientos encontrados... sé que no podría estar más tiempo aquí. Siento que si lo hago me ahogaría, la he visto prácticamente toda y varias veces. Pero por otro lado sé que echaré de menos su paisaje, su clima, sus aguas... y a su gente. Sí, a su difícil gente que en el fondo no es más que el resultado de una historia de continuas invasiones y sometimientos a diferentes culturas.
Tienen una forma de ser desconfiada y esquiva con los foráneos, pero después de meses aquí lo entiendo. Porque aunque ahora ya no se acercan barcos invasores por el Mediterráneo, cada año llegan miles de turistas que lo colapsan todo: autobuses, playas, bares, etc.
Si a mí, que soy, digamos, una turista más me desquiciaba esto en verano, no me imagino a los malteses. Acostumbrados a la tranquilidad del país, que por unos meses casi triplica su población (si ya tenemos en cuenta que tiene el índice de habitante por km2 más alto del mundo).
Ahora los señores que están en la otra mesa charlando en maltés, esa lengua que por más que afine el oído no consigo entender ni una palabra, seguro que estarán de mejor humor desde que se notó el bajón turístico en el mes de octubre. Volverán a caminar por las calles sin chocarse cada dos por tres con algún guiri y su cámara de fotos, volverán a venir con el coche hasta la puerta del bar y encontrarán sitio para aparcar, volverán a sentarse en su mesa de siempre que ahora encontrarán libre.
Yo también los dejaré tranquilos, me iré con el mismo nudo en la garganta que tengo ahora, porque a Malta no se le coge cariño en una semana, sino viviendo cada una de sus caras, cabreándote y a la vez riéndote resignada...
Bye bye Malta, I'll miss you!

martes, 12 de octubre de 2010

Dos lalinenses en Malta. Segunda parte


Y seguimos...
Antes de alquilar nuestro coche quería enseñarle a mi hermana el verdadero motor de Malta: sus autobuses. Fácilmente distinguibles no solo por sus colores, sino por su ruido de máquina cascarrabias, al final les he cogido cariño.

A veces incluso encuentras alguno realmente antiguo y muy bien conservado y limpio tanto por dentro como por fuera, señal del orgullo que siente el conductor por su viejo amigo.

Su punto de encuentro o lo que es lo mismo, la central de autobuses, se encuentra en una plaza a la entrada de la amurallada Valletta. Un caos, un ajetreo, un desorden que sólo ellos entienden, y que al turista vuelve loco.



Ya con nuestro coche de alquiler nos fuimos a Blue Grotto, con la mala suerte de que ese día no salían las barcas porque soplaba mucho el viento. Aún así, ver esas formas en la roca tan difíciles y tan desafiantes a la gravedad fue espectacular.
Saltamos el muro y siguiendo las indicaciones de los barqueros frustados, nos fuimos hasta el borde del acantilado para poder sacar algunas de las fotos más bonitas que tenemos de Malta.
Y lo mejor fue la sonrisa del guarda del aparcamiento cuando le dimos la propina. Seguramente no se esperaba tanto ni nosotras sabíamos cuánto darle, pero aún así nos reímos un rato con su expresión de dibujo animado.
De camino hacia Sliema de nuevo nos encontramos con una señal que estábamos tan dispuestas a seguir que dimos la vuelta con el coche. ¡¡Ese era nuestro lugar en Malta!!

El paraíso nos lo reservamos para el último día, así mi hermana podría tener un viaje de regreso relajado. Comino nos estaba esperando, aunque de nuevo con olas grandes y el mar un poco enfadado. Asi que el barco tuvo que ir por una ruta alternativa y nos dejó al lado del único hotel de la isla. Caminamos unos 8 minutos hasta ver desde lo alto la pequeña Blue Lagoon.


Azul turquesa, arena fina y rocas abruptas con miles de hamacas es la descripción más simple que se puede dar, porque el resto es mejor guárdarselo para uno mismo, ya que no creo que haya palabras para este lugar.